viernes, 24 de febrero de 2017

White Knuckle Ride.


Hace falta la balaclava. Los guantes. El reflectivo. Ya tengo un casco, me tocó comprar, pero a lo mejor me antojo de otro. Ya tengo la cadena, la luz trasera, roja, y la delantera, blanca. Ambas son recargables. Hoy las dejé en el parqueadero, pegadas a la bicicleta, pero solo hasta cuando volví a la casa caí en la cuenta de que debí quitarlas, porque se las podían llevar.

Me demoré veintiséis minutos hasta la universidad. Dejé la bicicleta colgada, y me fui caminando al trabajo, otros veinticinco minutos. De regreso fueron otros veintiséis minutos, porque se me cayó la cadena llegando a la casa. Creo que todavía tengo grasa en las manos. No sé si reemplazar la bicicleta, esta me la regaló mi abuelo, hace ya mucho tiempo. Mi abuelo murió hace como doce años, la bicicleta debe tener más. Mejor la arreglo, le cambio cosas. Hoy la sentí muy dura, o puede ser que el tieso sea yo. Eso es lo que pasa con los años, el cuerpo le parece a uno extraño, como si ya no fuera de uno. Además, estuve por la mañana en el gimnasio, a lo mejor mañana amanezco sin piernas. 
Ojalá no. Creo que todavía aguanto un poco más de abuso.

Llegué sudado, pero contento. O no tanto contento sino tranquilo, pensando en qué escuchar mientras ando en la bicicleta y camino todo lo que tengo que andar. Humberto me preguntó que por qué, y pues le dije que si no hago algo diferente me voy a terminar deprimiendo más. Y pues sí, o sí pero no. Es decir, hay razones: que plata, que tiempo, que cosas. Hoy, por ejemplo, me demoré casi la mitad que esperando transmilenio, aunque perdí la hora, o media hora, que le dedico a leer, así sea un poquito, en el transporte. Hay que recuperar ese espacio. Hay que acabar otros tantos. Llevo escuchando música como hora y media, buscando la letra para poner acá. Pude haber leído. Pude haberme acostado. Tantas cosas. Mañana no voy al gimnasio. Mañana saco a Tim, y mido que tan tenaz está el asunto de las piernas. Todavía tengo el corazón acelerado. Buena vaina: estoy vivo.



lunes, 20 de febrero de 2017

Maximum Potential.


Tropicana pone buena música antes de las 6 de la mañana. Lo tenía el taxi en el que me subí, bien temprano. La ciudad todavía oscura, no recuerdo cuándo fue la última vez que madrugué tanto, sin contar la noche esa en la que no pude dormir. Llegué apenas a la hora que era. Todos se estaban cambiando, entonces hice lo mismo. Chao blujean, hola protección para la pantorrilla, hola canilleras, hola medias, hola guayos. El profe me miró mal porque reconoció que no fui a entrenar la semana pasada. No le puse cuidado. En medio de esa oscuridad se alcanzaba a ver lo rojo de mi pierna. No es muy difícil, la desventaja de tener la piel tan blanca. Sentí algo incómodo, pero luego de patear el balón no pasó nada.

Entrené con optimismo. Paredes, relevos, centros al área. Me salió un centro bien bonito, no sé cómo le pegué. Sentí que estaba volviendo, que podía jugar de nuevo, tras quince días de inactividad. El mismo tiempo que duré alejado del gimnasio.

Llegó el momento para jugar, nos dividimos en dos equipos. En el nuestro nadie quiso meterse al arco, entonces yo lo hice. Saqué un remate al palo derecho, me estiré cuanto pude. Luego simplemente cogí el balón en un centro y caí en el costado izquierdo. La protección de la pantorrilla se corrió. Sangre. Ardor. Otra vez el calor en la pierna. Salgo de la cancha, me echo agua. Noto la pierna toda tierna, entonces me quito todo y me aplico crema. El profe se alarma, le digo que era algo de hace dos semanas, que por eso no había ido, me mira bien y dice que no debería continuar. Eso mismo pensé. Ganamos 1 a 0, pero no vi el gol.

Hay un protocolo raro al terminar los partidos. Uno se da la mano con el rival, y con la gente que no conoce. Es casi una regla de etiqueta para todo aficionado: dar las gracias por el juego. Todos me miran la pierna. Son casi las 8 de la mañana, el sol alumbra bastante, lo que hace evidente el daño. Todos preguntan si duele, obvio que sí, pero no pasa nada. Nunca pasa nada.

De vuelta a la casa entro al gimnasio. El otro profe, el que siempre ha estado desde que voy al gimnasio, me saluda en medio de la normalidad, salvo lo de la pierna. Está acostumbrado a los periodos en los que no voy a levantar pesas. El gimnasio está casi vacío. Le quito el 10% al peso que tenía programado para esa sesión, pero siento todo muy duro en la sentadilla, y todavía hoy me duelen las piernas. Quería salir a ciclovía, el domingo, pero no pude, no había con qué. Definitivamente no podía ir al campeonato: me conozco, si voy, termino jugando. Si juego me termino abriendo la herida. Se tiró una semana de cicatrización, dijo Hugo. Sí, en efecto. En una jugada cualquiera. La telita rosada que lleva una semana de nueva cubriendo la herida, ahora tiene unos puntos rojos oscuros. Vuelve a molestar. Domingo y lunes me despierto temprano, pero no salgo de la cama. Pienso en lo difícil que se volvió hacer algo que apenas hacía hace quince días. Imagínese, entonces, lo que es retomar algo que uno tenía olvidado. Todas esas pausas porque o la vida se mete, o uno se deprime, o lo deja de hacer. Y duele. Se va volviendo uno el resultado de todos esos abandonos.



lunes, 30 de enero de 2017

You Get Me High.

Debe ser el quinto, o sexto instructor que está por la tarde. Ya lo había visto antes, criticando o ayudando o metiéndose donde no importa, interrumpiendo a la gente. Creo que el único ejercicio que hacía entonces era social: estaba allí para interactuar, y poco más. Ahorita es lo mismo. Recorre el gimnasio, los cuatro pisos, preguntando a cada persona qué hace, deteniéndose especialmente en la rutina de las mujeres. Como siempre, como los demás instructores que conozco. De este, de otros gimnasios. Donde hay una mujer entrenando, están ellos, pendientes. No importa el pobre que está en la banca haciendo press con la barra peligrosamente cargada y gravitando justo por encima del cuello, o el que no tiene idea de cómo se hace una sentadilla: alguien que carga los discos más pesados, se pone la barra a la espalda, y flexiona un poco las rodillas. Igual no importa, con el sudor que llega se aprende a valorar el esfuerzo, y con este el poco reconocimiento que pueden otorgar los demás. Porque aun cuando todos esconden la mirada, están pendientes de lo que los otros hacen.

Hay protocolos que todavía no entiendo. En el improvisado vestier (siempre ha sido improvisado: dos sedes diferentes, del mismo gimnasio, pero todo sigue igual) alguien comentaba sentado el aumento del salario mínimo, claro, tema nacional luego de la noticia de la negociación que se hace siempre a final de año. El tipo decía que no iba a subir nada, que todo subía, menos el sueldo. No le faltaba razón, pero igual yo le subí a los audífonos. Las ganas de no querer existir salvo para la música que escoge el reproductor del celular. El tipo siguió hablando, pero no puse cuidado. Solo ideas que llegaban entrecortadas. Luego, en la zona donde están las máquinas, las pesas, algunos se encontraron, se saludaron, se compartieron el bocadillo, y se ayudaron con el celular, para tomar fotos y subir a facebook y a instagram. La preguntica esta que surgió como un meme, “do you even lift” se podría ampliar: “if no one else cares about it, do you even lift?”

Cuando Hugo puso una foto del gimnasio, de la rutina, en whatsapp, le dije que aprovechara ese tiempo, porque igual es un escape. Un poco de tiempo que puede tener para sí mismo, para concentrarse. Para hacer algo por uno, sin importar la motivación. El resultado es uno. La materia prima es uno. Yo lo tomo como excusa para estar solo. Cuando voy al gimnasio trato de racionar los saludos. Siempre a la recepcionista, que también es la quinta, o sexta, que he visto, pero que ya ni sé cómo se llama. Aunque de unos días para acá ya hay tres personas que me tienden la mano, o saludan a lo lejos. La ventaja de estar separado es que uno levanta la mano, o hace el movimiento ese con la cabeza, asintiendo para reconocer la existencia, o la cordialidad del otro. Sale uno rápido de eso, y sigue alzando pesas. Inmerso en la soledad del ruido metálico de las cosas cuando chocan, de la música electrónica, o el regaeton, del tipo que hace mala cara porque puso mucho peso en la prensa de piernas inclinada, o de las sonrisas mudas de la mujer de turno con el instructor.
Las mujeres no me saludan. Bueno, unas dos señoras. Las señoras también son mujeres.



jueves, 20 de junio de 2013

The Empty Page.


Sentado en el despacho del profe nuevo, Juan Carlos, trato de hablar con él cuando no hay palabras que nos acerquen, nos aproximen. Cuenta un poco de lo que ha visto en la universidad, una teoría que se queda en su cabeza y no puede elaborar más allá de una idea de lo que es ejercitarse. En medio de los dos, en el escritorio, está la hoja que representa lo que soy en el gimnasio; hay datos personales que no tienen cambio alguno, y otros que van a seguir contando irremediablemente lo que llevo allí, días acumulados que suman semanas y ya uno que otro mes. Debajo de esa hoja hay otra en la que se va a marcar la rutina para mi segundo bimestre, y es justo con esa hoja en la que Juan Carlos siente un miedo horrible cada vez que piensa planificar qué debo hacer, o cómo ejercitarme ahora que estamos ahí planeando un poco el futuro, algo por lo que le pagan a él (y estudia en su universidad, pienso) y lo poco que puedo tener bajo control en ese preciso momento.

De un cajón saca un metro y pide que me pare derecho. Toma mis medidas y las compara con las de la primera vez. Hay cierto cambio. En el cuello, los brazos, el abdomen, las piernas, he reducido hasta 6 centímetros, pero a la hora de pesarme solamente hay una disminución de apenas kilo y medio. Juan Carlos me pregunta cómo me he sentido con unos ejercicios de los que no recuerdo el nombre, y cuánto peso estoy levantando, en general, y le digo que realmente no sé, que cuadro las placas dependiendo de cómo me sienta (más que nada en términos de confianza) ignorando cuántas libras representa cada una. Nos volvemos a sentar, no sabe qué decirme, o cómo cuadrar la rutina. Me mira y sigo sin hablar, solamente respondo a lo que me pregunta. Le explico que duré dos semanas sin asistir, por pura falta de plata, y otra porque no se me dio la gana. Bueno, le digo que fueron tres semanas pero no cuáles los motivos, no creo que le importen. En la última semana me sentí un poco mejor, hasta más liviano, pero volví a ganar peso y por eso estaba ahí. Estaba ahí, sudando, sintiendo el calor en las ventanas, el trancón en la avenida, la música repetitiva y estridente de todos los gimnasios, los coqueteos de distintos hombres con las mujeres de siempre, y mi ahora faceta de gordo en pantaloneta.

Juan Carlos tiene una quemadura en la cara, los dedos cortos. Se le ven los músculos marcados, y tiene mal aliento. Antes de hablar conmigo estaba haciendo estiramientos con una mujer que se maquilla mucho y mira todo con cara de hambrienta, pero también con algo de asombro, porque tal vez para ella todo eso es nuevo y, creo, quiere dar una no tan mala impresión poniendo algo de empeño en cómo luce. Al salir de la oficina la veo en la bicicleta y veo mi reflejo. Estoy acalorado, el gimnasio está relativamente solo, afuera hace un día hermoso. Bajo al primer piso mientras me calzo los audífonos. Llego cansado, alzo unas pesas y me dedico a mis repeticiones luego de buscar una buena canción en el celular.



viernes, 10 de mayo de 2013

Missing Words.


La otra vez alguien preguntó por qué había tanta gente. Otro le respondió que era porque era viernes. Hoy es viernes, o fue, y se repitió eso. Se ha venido repitiendo. Hay gente que me hace doler el cuerpo de solo verlos. Hay ejercicios que no podría hacer nunca. Me miran con curiosidad, no tanto porque sea un bicho raro sino por otra cosa. Quién sabe qué será.

Hay un tipo que va todos los días y no descansa nada cuando está allá. Es la tercera vez que lo veo decir dos o tres cosas a cualquier mujer que tenga a la vista, y ellas (todas las que hablan con él) sonríen agradecidas. Lo siguen con la mirada, admiran sin descaro lo que hace. Al profe hoy también lo vi ya antes de que cerraran conversando con una pelada. Es morenita y juiciosa, todos andan muy pendientes de que haga las cosas bien. No volví a ver a las flacas del otro día, y la muchacha con la que compartí una máquina fue ayer, pero hoy ya no. Casi no me saludo con nadie, y eso que llevo un mes o más yendo y conviviendo de alguna manera con ellos. Pienso en eso, lo oxidado que soy o estoy para esos asuntos. El profe se demoró mucho hablando con la morena, y el otro tipo sabe qué decir, medir sus palabras para que sean efectivas. Claro que lo respalda su físico. Yo no hablo, me quedo ahí haciendo lo justo. Y no se trata de establecer contacto con el otro sexo (aunque es primordial) sino de encontrar en todos ellos alguna manera de camaradería. 

Ayer estaba una narizona que siempre va con el novio, pero fue sola. Creo que es el novio. Al tipo no lo volví a ver. Le parecí curioso a ella. Me miraba a ratos, creo que se quedaba pensando en mi manera de bregar con esas cosas. Es bonita y tiene audífonos grandes. Pero igual eso no es relevante: en un sitio en el que es importante el físico y donde hablan las miradas, estar lleno de palabras no sirve para nada.



jueves, 9 de mayo de 2013

Restless.


Hace dos días no voy. Volví sin que nadie me extrañara, lo que se está volviendo costumbre en muchos aspectos de la vida. Pero para eso tengo los otros blogs. Volví ya sin gripa pero con muchos mocos que se derritieron y salen por montones, estirándose en su color uniforme y aspecto desagradable. Me gusta la densidad que tienen los mocos, increíble que uno pueda tener eso dentro del cuerpo. Parece que nunca se van a acabar. Hay muchas más personas ahora. Elizabeth sonrió cuando le volví a pedir un Gatorade de cualquier sabor, que solamente estuviera helado. Esa fue la única condición que le pedí. Elizabeth, creo, se ríe por todo. Creo que ese es su trabajo.

El Mono hoy le dijo a otro compañero que tenía un consejo buenísimo. Luego que terminó de hacer su primera serie con la máquina de polea alta le ofreció bocadillo y una botella. Tenía que comer el bocadillo sin masticar mucho, luego tomar agua, casi sin respirar. “¿Siente cómo le llega?” le iba diciendo mientras el otro seguía las instrucciones al pie de la letra. Se miraban los brazos y asentían. Me acordé de cuando decían que los ciclistas subían la montaña con un pedazo de panela en la boca, que ese misticismo no tenía otro sustento que la creencia de estar haciendo algo que podría tener una diferencia. Un placebo, pues, algo como lo que siento yo cada que voy al gimnasio. Estos dos días han sido peores, pero hoy ya hay una calma de esas que da el cansancio. Esperar a ver cuánto dura.

Dudé mucho antes de hacer el saludo al sol al terminar la segunda ronda de cardio. La gente en las bicicletas miraban con curiosidad los movimientos que hacía, pensando que ese no era el lugar para eso. Ahora estoy resultando un gordo que hace muchas cosas sin una razón aparente, pero igual no importa tanto que entiendan o no todo ese tipo de cosas.

Ah, y no me gusta el bocadillo. A lo mejor a Elizabeth sí.



lunes, 6 de mayo de 2013

Big Empty.


Durante un rato estuve rodeado de mujeres. Dos a mi derecha, dos a mi izquierda. Todos hacíamos lo mismo pero yo sudaba más, yo duré más. Hay cosas que no entiendo: algunas de ellas tenían maquillaje, sombras en los ojos y tinte en los labios. Hay otra cosa que no entiendo: la gente escribe gym y no gim. No voy al gym, voy al gim. Y ni eso, voy y es como si no fuera. Salgo, de alguna manera, diferente, cansado y tal vez satisfecho, no por lo que vea sino por como me siento. Es un dolor bueno, un agotamiento que me da un poco de tranquilidad. Hay otra cosa que no entiendo: cuando la gente hace pesas se mira en el momento en el que el músculo se hincha, y luego al descansar se observan casi que con precisión milimétrica para medir el cambio en la zona que acaban de trabajar. Luego de eso asienten la cabeza, la aprobación de que todo eso dio fruto. Hay dos tipos de personas, los que trabajan el pecho y los que prefieren trabajar los brazos; ser anchos de espalda o tener volumen en el tronco. Cada que acaban de hacer sus rutinas con todo lo demás recuerdo un video que vi hace años y que no recuerdo por qué fue que terminé mirando. ¿Será que hay algún límite en lo que se proponen? ¿Será que no importa lo que pase, quieren verse más grandes? ¿será que quieren lucir de alguna manera en particular?

No sé si es por ser el primer gordo en un mes que va al gimnasio, pero desde la semana pasada hay más gente nueva. Mujeres que están en su semana de cardio tratando de bajar algo de peso, y barrigones que quieren disimular todo aumentando su masa muscular. En medio de todo, cuando estoy allá, sin importar la música o la compañía, o el atrevimiento que veo en algunas mujeres (atrevimiento que crece con el tamaño de los bíceps de los hombres con los que terminan hablando, iniciando algo, cualquier cosa), siento otra cosa. Me concentro más en el odio que siento por casi todo, incluido yo mismo. En lo que he leído, en lo que he visto, en lo que he pensado. Es, casi, como si manteniendo la maquinaria ocupada, pudiera pensar mejor algunas cosas. Lo difícil llega por la noche, a la hora de acostar la gordura y el dolor en todo lo que esfuerzo de a pocos. Ahora sueño muchas menos cosas. No sé si mañana, al verme en el espejo, sienta que he bajado de peso, o que luzco diferente; no hay cómo medir en cierta manera lo que ven los demás de si mismos. No sé, tampoco, si nada de eso va a dejar de ser suficiente y voy a querer algo más.
Ah, se me olvidaba. El sábado vi a un man igualito a Rambo. Creo que es igual de ancho a una nevera. Qué impresión.



sábado, 4 de mayo de 2013

Broken.


Creo que he bajado 500 gramos. Es una pena, ¿no? invertir tanto tiempo en algo que no logre nada. Hoy tomé un jugo de naranja. Me parece delicioso el jugo de naranja luego de salir del gimnasio. Estoy llorando. Nada de lo que soy vale la pena. Ni lo mejor que puedo ser llega a lograr algo. Hoy se burló de mí alguien en el gimnasio, porque no soy capaz de levantar el mismo peso que él. No me dolió, pero es apenas normal. Mucha gente se burla de mí, de lo que soy. Quiero que me cuiden ahorita. Fracasé. Pienso en la oferta de la doctora la semana pasada. Pensé en llamar a mi mejor amigo para que me acompañara a que me internaran. Ya no quiero más esto. Sin embargo, no puedo. Mi mamá se va de viaje mañana. Debo cuidar a mis sobrinos. En el mundo el orden de las cosas es que uno cuide a los niños, no al revés. O no por lo menos ahora, que no tengo tantas canas. Cuando tenga más. Debo cuidarlos. Debo sacar fuerzas de algún lado para hacerlo. Durante años lo que me ha mantenido cuerdo o vivo ha sido siempre alguien más. Ahorita debo pensar en eso. Igual nunca he pensado en mí. Sé que no voy a lograr nada por mí, ni yendo al gimnasio ni haciendo dieta, ni esforzándome. Soy un fracaso. Lo mejor que puedo hacer es cuidar de los demás. Y luego saber que nadie puede hacer lo mismo por mí. Así lo necesite.



miércoles, 1 de mayo de 2013

Gouge Away.


No me gusta madrugar pero hoy me levanté temprano y salí de la casa sin dar cuenta de mi existencia. A duras penas los perros lo notaron. Cuando llegué al gimnasio apenas dos personas estaban haciendo lo suyo y me dediqué a correr como un tonto, con la gripa acosándome, mirando el reloj que siempre le hace dar vueltas a las manecillas y que le presta a uno esa sensación de movilidad y que lo ilustra a uno tan activo en un recinto pequeñito. Cuando nos movemos todos tenemos cierto ritmo, y parecemos relojes extraños; imagino que marcamos horas distintas, de lugares que nadie se ha atrevido a conocer. Luego me puse a ver por la ventana la avenida y en cuestión de nada se fue llenando de carros y buses y camiones y se taponó todo, y fui testigo de eso, cosas que se iban apilando ante mis ojos sin que yo hiciera nada. Al rato el profe apareció, se bajó de un taxi y corrió para llegar tarde a su trabajo. No muchos lo esperábamos. No fue mucha gente hoy, y yo anoche me quedé en la casa tosiendo en mi cama, extrañando la forma esa de respirar que tiene la gente sana. Me tapé en mi cobija de cebras y escuché llover hasta que me quedé dormido. Tengo otra cobija, que es de tigres. Cobijas de tigres y cebras, lo repito para que tenga algo de sentido. ¿Lo entiende? Me causa gracia. Fui temprano esta mañana para compensar la ausencia de anoche. Sigo cansado, con la garganta en pedacitos, eso seguro ya no la puedo armar, algunos se habrán perdido entre todo lo que ha sucedido hoy. La mañana fue gris y densa; había gente jugando fútbol en el otro barrio, desde el tercer piso uno puede ver eso. También los cerros al norte, y el cielo sin edificios sino con casas que son bajitas y que no estorban. Dejan ver todo, hasta el horizonte. Es raro todo desde la ventana. Cuando volví para la casa fui un poquito feliz porque se cumplió lo que tanto anhelaba: a la salida, a unos pocos pasos del lugar, estaba un puesto de esos de venta de salpicón y jugos naturales. Pedí uno de naranja, y me lo tomé con la sed esa que da la poquita satisfacción de estar haciendo algo por uno. Llevo dos semanas tomando jugo de naranja, pero el de hoy fue el mejor.



lunes, 29 de abril de 2013

It's No Good.


Uno con gripa es menos uno. Es respirar duro, es hacer doble esfuerzo. Uno con gripa es andar con la garganta en ruinas, hecha polvo, verse la frente de un color plateado que resalta esa anormalidad, todo eso que no es uno, porque uno con gripa es una máquina que anda despacio o con cuidado sabiendo que puede fallar. Uno con gripa escucha los latidos de su corazón que pide auxilio, perezoso como es, ante la decisión inútil e idiota de no querer parar una vez se ha comenzado. Uno con gripa deja de ver bien porque el sudor se convierte en lágrimas y quema un poquito. Uno con gripa se siente como Alí contra Liston, lavando los ojos de las substancias estas que no dejan ver, para seguir en la pelea. Uno con gripa agradece más las bebidas frías, las noches serenas, la aguepanela caliente. Uno con gripa se siente un poco más solo pero no saca el celular del bolsillo para buscar compañía en el gimnasio porque para eso uno ya está pedaleando sin llegar a ningún lado. Uno con gripa se vuelve un poco sordo, y tiene que clavarse más los audífonos y subirle el volumen para escuchar bien the boom, the bip, the boom bip, y seguir respirando con ese ritmo, así arda por dentro y se vaya uno destrozando un poquito. Uno con gripa toma más agua, consume más pepas para acabar síntomas que disimulan ese mismo mal porque la gripa no se va sino que no se siente. Uno con gripa deja ver más las ojeras, muestra una descomposición que es parecida a cómo uno está por dentro. Uno con gripa es transparente, así esté gordo. Uno con gripa camina lento, casi calculando los pasos, viendo todo pasar en otra velocidad, un lag por allá dentro que nos regala una realidad distorsionada que luego se agradece un poco. Uno con gripa no piensa bien, los mocos se hacen blanditos. Uno con gripa siente más frío por la noche, lo que deriva en una melancolía que llama de alguna manera algún tipo de calor, así sea de un perro. O dos. Uno con gripa escribe mucha mierda.



sábado, 27 de abril de 2013

Two Against One.


Odio mi barriga. Le he empezado a tener un fastidio real. Ya no la ignoro como solía hacerlo. Siempre la tengo presente, aunque no es difícil por su tamaño, pero creo que la odio más que nunca. Representa algún tipo de atraso, un lastre del pasado. O quizás creo que representa mucho de lo que está mal, de lo que tengo mal. Ahora hago mucho más tiempo a diario en el gimnasio, lo que me da sueño y hambre, pero lo pienso dos veces antes de dormir o comer algo. Quiero acabar con ella, pero siempre está ahí. Por lo que parece siempre va a estar ahí.
Lo que comenzó como una forma idiota de buscar liberar algo de serotonina mediante la actividad física, ahora se convirtió en otra cosa. Una nueva manera de encontrar dolor, o buscar cambiar de alguna manera lo que soy. O como luzco. No me parece idiota pensar que hacer ejercicio signifique pensar que estar gordo, o que serlo, es algo que pueda considerarse malo, pero sí puedo creer, luego de un tiempo, que no percibir ningún resultado pueda llegar a ser, cuando menos, humillante.
La realidad es que no me siento bien siendo así. Viéndome así. Me es difícil encontrar los motivos suficientes por los que alguien pueda quererse con sobrepeso, no tanto por la presión social que hay para lucir de una manera, sino saberse lejos de lo que se puede lograr con un poco de trabajo y estableciendo algunos límites. Soy consciente de que el camino largo y duro no siempre es el que lo hace llegar a uno rápido a algún lugar, pero de todas maneras hay que andarlo. La gente que lee no se queja de leer mucho, pero se burlan de los que ejercitan su cuerpo, y todo eso de alguna manera es poner el mismo tema desde ángulos que no son tan distintos, la verdad. El verdadero problema es que cada uno cree que su forma de matar la gallina es la correcta, y se enorgullecen de eso. Es raro que con tantas formas de compartir información e ir conociendo puntos de vista, o el mundo mismo, la gente se empeñe en seguir algunos estereotipos que ya se han definido durante años. A lo mejor eso es más fácil.
Cuando veo a la otra gente que dura dos horas haciendo sus rutinas con pesos excesivos me fijo mucho en sus caras. Se sienten orgullosos al ver sus músculos exigidos responder al castigo que les imponen; es una manera muy rara de vanidad. Anoche me quedé pensando en si las razones para continuar haciendo ejercicio es eso mismo, verse lograr algo. También pensé que muchos de los que van añaden peso a algunas máquinas para sentirse mejor con ellos mismos, así hagan mal los ejercicios y se terminen lastimando. Anoche sucedió eso: un tipo sintió que debía hacer mucho más que otra persona, una que nadie había visto en ese lugar, y por querer superarlo lo único que hizo fue hacerse daño y mostrarse débil.
¿Será, también, que la gente prefiere pensar no en un tipo de resultados en si mismos sino el impacto del cambio en los demás? Me parece algo inútil esa constante competencia para ver quién orina más lejos; es una rivalidad de la que nadie habla y sin embargo se encuentra allí. Todos como animales marcando su territorio.
Si eso es así, es fácil entender por qué hay un fisiculturista ciego que gana al no ver o sentir a la competencia, sino cuando se concentra en lo que hace.
Yo, por lo pronto, tengo la rivalidad esta con la grasa que flota muy cómoda en mi abdomen. De este lado solo hay una guerra que nos involucra a los dos, pero siento que todo apunta a que yo voy a ser el perdedor: no es solamente contra eso que estoy luchando. Y, cómo dijo la doctora ayer, es preocupante que trate de hacerlo solo.
Pero parece que no tengo en nadie más en quién confiar.



viernes, 26 de abril de 2013

Kiss The Dirt.


La pelada que ahora está haciendo pesas lleva una gorra. Se la pone para taparse la cara y no ver a nadie más; no ver espejos, reflejos, gente a su lado, nada. Una capucha para concentrarse, para esconderse mientras suda, algo que molesta siempre y que supongo no quiere que nadie tome en cuenta. Evita de esa manera las miradas y los ojos insistentes de los demás que esculcan en su pecho alguna novedad.
Hoy entraron dos viejas más, unas niñas pequeñas y flacas algo bonitas, y mientras el profe les decía qué hacer los demás asistentes al gimnasio se turnaban para mostrarles cómo hacer las repeticiones correctamente. Ellas sonrieron y esas cosas, y pagaron poniendo atención y admirando bastante cuando ellos levantaban un montón de peso esforzándose y poniéndose rojos, lo que les habrá resultado bastante justo. Secreteaban entre ellas mientras veían los músculos en acción de esos otros muchachos. Al otro lado de la sala un tipo algo torpe trataba de socorrer a otra muchacha que lleva poco allá, morena ella, mientras los amigos suyos se burlaban de él. Ella, en cambio, miraba a los musculosos con atención, de arriba a abajo, porque algunas cosas siempre son así.
Yo compré dos gatorades.



miércoles, 24 de abril de 2013

Take Me Down.


Hace unos seis meses me enfermé de una infección intestinal, o algo así. En dos semanas bajé ocho kilos. Hace dos semanas, justamente, me pesaron y midieron. Hoy lo hice por mi cuenta, sin ver un cambio. No milagroso, sino algo. Cualquier cosa. Me siento satisfecho y cansado cada día, pero al siguiente me siento como una máquina lenta y del siglo pasado. El bienestar no llega en grandes dosis, sino que es una calma que se condensa mientras camino a la casa y se me funde en todo el cuerpo cuando voy a dormir. Ahora no sueño tanto, eso puede ser una ventaja.

Me quedé pensando en lo grave que puede ser una enfermedad para que se note con tanta furia en el cuerpo de uno. Durante dos meses lucí mejor aunque me sentía fatal, y casi no podía comer nada. Cuando descuidé la dieta simplemente recuperé el peso perdido, con cuatro kilos de más. Ni con todo el esfuerzo que hago noto algo que haga una diferencia.
Pero también hay otra variedad de enfermedades. ¿La del corazón es peor que la del estómago? ¿y la de la cabeza? ¿y si le sumamos la espalda? Un montón de cosas que hacen los estragos suficientes con el cuerpo de uno. Es decir, ni la voluntad misma es capaz de igualar ese efecto, devastador o como se quiera llamar.
Puede que no logre mucho, físicamente, y me da algo de miedo eso. La constancia que voy adquiriendo de a poquitos puede irse a la mierda con cualquier cosa, porque lo que hay dentro siempre puede ser mucho más fuerte que uno. O que yo.