miércoles, 7 de junio de 2017

Interlude: New World.


La cita era a las 6:30 de la mañana, me desperté a eso de las 6, tal vez antes, porque no pude dormir en toda la noche, pero llegué a tiempo. La que me atendió esta mañana se llama Katherine, que es algo más que recepcionista. Ella me dijo, pero no recuerdo. Algo que tenía que ver con terapias o algo con el cuerpo. Hizo las preguntas de rigor, y las mediciones del brazo y pierna derechos, luego del pecho, cintura. La estatura. El peso. Según esa báscula estoy debajo de lo que pensaba, lo cual es bueno. Este otro gimnasio queda algo alejado del que siempre voy. Iba. El antiguo, que trasladaron de un lugar a otro, quedaba a tres cuadras de mi casa, primero, y ahora en la misma manzana. El valor de la mensualidad está, ya, muy caro, por lo que escogí esta otra opción. Queda a 5 minutos en bicicleta. Lo primero que uno ve al llegar: 16 caminadoras, otro número similar de bicicletas estáticas y escaladoras. Muchas máquinas para hacer cardio. Luego las máquinas para los brazos. Unas tantas menos para las piernas (porque como en todo buen gimnasio lo menos importante son las piernas). Luego, al fondo, está el rack para las sentadillas. Solo hay uno, en todo ese mar uniforme, separado, por secciones. Casi como una isla. Casi. En el centro del gimnasio hay un aparato de esos en los que se puede fortalecer uno para escalar muro (ese es el próximo objetivo, pensé la semana pasada) y otros ejercicios que hace la gente con entrenador personalizado. Entrenamiento funcional, o crossfit. El aparato se parece un poco a las casitas metálicas que hay en todo parque. Esta casita metálica está siempre ocupada.

Cuando llegué, Katherine abrazaba una cobija pequeña, no sintió cuando le hablé ni nada de eso. Reconoce que existo, luego de un momento, y me hace seguir, al fondo, para que hagan la valoración. La entrada a la zona de entrenamiento tiene dos puertas giratorias que se activan cuando uno pone el índice en un sensor biométrico. La pantalla del panel numérico, luego de identificar la huella, muestra un mensaje de bienvenida, con una frase que supuestamente debe motivar. Esa es otra de las diferencias: se especializan en la parte de la motivación. Mi motivación es otra, es obligación. La disciplina. Luego de eso vendrá el hábito, luego los resultados. O, por lo menos, el seguir en eso. La misma Katherine hace la valoración. En un estante se ve el casco de su moto, todavía mojado. Apenas se sienta envuelve las piernas en la cobija. Tiene en la piel las manchas que distingue a la gente cuando trasnocha. No sé si lo que más le afecta es el sueño, o el frío. Tal vez por eso no pude dormir, porque desde temprano se puso a llover y estaba esperando que acabara para ir a entrenar. Le pido que la rutina sea con barra libre en lugar de máquinas, y luego echa por el suelo su presentación porque, dice, la rutina es generada por el sistema del gimnasio. No hay que ser, necesariamente, algo relacionado con terapias, o con el cuerpo, para seleccionar cosas en la pantalla de registro de asociado. Katherine dice que lo importante es hacer cardio. Pero también que lo importante es la dieta. Y lo importante es ejercicios para hacer fuerza. Sigue hablando de todas estas cosas importantes, y sonríe, porque termina diciendo que sí, que lo más más más de todo es estirar. Ojalá antes, durante, y después de la rutina. Todo es importante. Yo no sonrío, y ella se pone seria. Ambos mostramos el sueño de manera diferente.

Según el correo que recibo un rato después, tengo que ir 5 días a la semana. Según eso tengo que hacer un montón de cosas que no quiero o, más bien, a las que no les veo sentido: hacer lat pulldowns, curls, shrugs, hip trusts y cosas así. Eso en el primer día. En una parte dice que me demoro 47 minutos en la rutina, aunque 40 minutos corresponden a dos sesiones de cardio al comienzo y al final. En los 7 minutos restantes tengo que hacer 8 ejercicios diferentes, 20 repeticiones de cada uno. Mi guía es el PDF que veo en el celular, levanto la cabeza y no hay nadie supervisando ni corrigiendo a otros. El lugar es tan grande que esa camaradería del gimnasio de barrio queda enfrascada en sitios puntuales: la gente se acerca para saludar, hablar de algo muy corto, reír, y seguir en lo suyo, por aquello del trayecto. Dejan el saludo para seguir en lo suyo. La diferencia entre los instructores del gimnasio antiguo, y este, no es mucha. Entre la gente tampoco. Entre el aspecto de la gente, sí, sí hay una diferencia diciente. Todos venimos a este lugar para mejorar la apariencia, pero aquí se siente más que hay cierta etiqueta a la hora de sudar.



martes, 28 de marzo de 2017

Hey.


El tipo se acerca luego de estar mirando. Que no haga así la sentadilla, que las rodillas se me van a joder. Que él hacía 145 libras (unos 80 kilos, dijo él) hasta que pum, se jodió la pierna. Le dije que siempre la he hecho así, que a veces paro, que luego vuelvo al gimnasio, que es por la edad. El tipo se ofende, que lo que pasa es que ya no se puede agachar a jugar con los hijos, pero que es por hacer así la sentadilla, rebotar en el fondo, bajar un poco más de paralelo. Comienza a hablar de los hijos, yo solamente le digo algo de la edad, que ambos estamos viejos, que se nos ve, pero el tipo comienza a contar otras cosas, que le tiene miedo a los ejercicios compuestos, que ahora hace todo con las máquinas, que ahora hace biceps, pero sentado, que lo tome con calma, que no es de hacerse daño, pero que un día él pudo levantar 80 kilos y entonces se jodió la rodilla y entonces yo también me la voy a joder, que no se operó porque para qué, y que ahora siente que no puede hacer fuerza ni nada, y yo lo miro y sigo callado, no digo que una vez levanté 95 kilos, más de 200 libras, que fue especial la vaina porque eso fue lo más pesado que estuve alguna vez, que me tuve a mí mismo del pasado en el lomo y fui capaz de hacer cinco series de cinco conmigo encima, algo mucho más literal de lo que se puede creer porque todos los días ya tengo que cargar conmigo pero esa vez lo hice el doble, que me mama que me hablen cuando no quiero, que me emputa cuando suena el teléfono en medio de la rutina, que se me hace un sinsentido hablar de cosas sin importancia, de nada, con desconocidos, a los que nos une apenas un lugar en común porque no tengo ganas de interactuar con nadie porque estoy ocupado, que si bien hay música a todo volumen no es un bar, no hay que mirar a alguna vieja a ver si por medio de los espejos le devuelve la mirada, mucho menos incitarla a conversar, que no hay ninguna camaradería en nada por ir vestido de una manera para mover cierto peso constantemente hasta sudar y hacer crecer los músculos en su mayoría los de los brazos, porque para algunos lo importante no es tener fuerza sino volumen aunque las dos cosas no es que estén muy ligadas tampoco, que me está quitando un valioso tiempo porque ya sonó la campanita en el celular para el descanso lo que le da cierto aire serio al asunto porque no es simplemente mover los músculos por moverlos cuando uno quiera sino luego de un tiempo constante, que eso, eso, de verdad importa, no sus consejos no pedidos sobre la vida, suposiciones de cosas que seguramente no van a suceder y observaciones salidas de la nada solo por creer que llevo desde que nací pasando el paralelo en la sentadilla, reflejándose en mí, en mis movimientos, por sentirlos tan desconocidos, tan peligrosos, por alimentarse de dogmas culos de boca de mil entrenadores que tienen a su cargo un gimnasio solo porque tienen el pecho hinchado y no pueden estirar los brazos por hacer curls de mala manera durante casi toda una vida, porque si uno hace mal una cosa durante mucho tiempo va a obtener un resultado mejor que el que no hace nada, que debería callarse porque no me sale ese tipo de conversación en ningún momento o lugar, que me gusta sudar haciendo ejercicio porque eso me lleva a algún lugar no sé si feliz o tranquilo o me aleja de todo, que no es que esté bravo con él por hablar sino por mi incapacidad por la charla casual, que se calle y que me deje seguir porque todavía me falta la prensa militar, el peso muerto, las barras y los fondos, que a duras penas comienzo el día y que no puedo con él al frente, que me perdone por decirle viejo, que siento lo de la rodilla, que más bien mire a la mona que está haciendo abductores porque está buena y se le nota en la mirada que necesita algo de ayuda y se debe sentir sola porque está en un gimnasio sin nadie que le hable, que la interrumpa, que le diga bobadas, la muy pobre, que hay otro tipo de gente que necesita de eso, que me deje tomar agua, que no voy por la mitad de la rutina, que me duelen las muñecas, las piernas, los hombros, que soy todo un dolor físico, más el otro dolor de siempre, que me deje fundirme en todo este esfuerzo, que no me joda, pero luego de no decir nada se va, se echa en la máquina de curl de pierna y comienza a gemir porque todos saben que el ruido está directamente relacionado con la dificultad del ejercicio que uno está haciendo, luego me monto la barra a la espalda, doy tres pasos hacia atrás, inflo de aire la barriga, bajo con la punta de los pies un poco abiertas, luego subo botando aire y con la cara roja, así, cinco veces, hasta que pulso el botón en la pantalla del celular que comienza la cuenta regresiva para arrancar otra vez con lo mismo, hoy, pasado mañana, y luego de otros dos días, hasta que algo se note, hasta que algo sea diferente, hasta que pueda seguir sin pensar tanto, hasta que no me reconozca en el espejo.



viernes, 24 de febrero de 2017

White Knuckle Ride.


Hace falta la balaclava. Los guantes. El reflectivo. Ya tengo un casco, me tocó comprar, pero a lo mejor me antojo de otro. Ya tengo la cadena, la luz trasera, roja, y la delantera, blanca. Ambas son recargables. Hoy las dejé en el parqueadero, pegadas a la bicicleta, pero solo hasta cuando volví a la casa caí en la cuenta de que debí quitarlas, porque se las podían llevar.

Me demoré veintiséis minutos hasta la universidad. Dejé la bicicleta colgada, y me fui caminando al trabajo, otros veinticinco minutos. De regreso fueron otros veintiséis minutos, porque se me cayó la cadena llegando a la casa. Creo que todavía tengo grasa en las manos. No sé si reemplazar la bicicleta, esta me la regaló mi abuelo, hace ya mucho tiempo. Mi abuelo murió hace como doce años, la bicicleta debe tener más. Mejor la arreglo, le cambio cosas. Hoy la sentí muy dura, o puede ser que el tieso sea yo. Eso es lo que pasa con los años, el cuerpo le parece a uno extraño, como si ya no fuera de uno. Además, estuve por la mañana en el gimnasio, a lo mejor mañana amanezco sin piernas. 
Ojalá no. Creo que todavía aguanto un poco más de abuso.

Llegué sudado, pero contento. O no tanto contento sino tranquilo, pensando en qué escuchar mientras ando en la bicicleta y camino todo lo que tengo que andar. Humberto me preguntó que por qué, y pues le dije que si no hago algo diferente me voy a terminar deprimiendo más. Y pues sí, o sí pero no. Es decir, hay razones: que plata, que tiempo, que cosas. Hoy, por ejemplo, me demoré casi la mitad que esperando transmilenio, aunque perdí la hora, o media hora, que le dedico a leer, así sea un poquito, en el transporte. Hay que recuperar ese espacio. Hay que acabar otros tantos. Llevo escuchando música como hora y media, buscando la letra para poner acá. Pude haber leído. Pude haberme acostado. Tantas cosas. Mañana no voy al gimnasio. Mañana saco a Tim, y mido que tan tenaz está el asunto de las piernas. Todavía tengo el corazón acelerado. Buena vaina: estoy vivo.



lunes, 20 de febrero de 2017

Maximum Potential.


Tropicana pone buena música antes de las 6 de la mañana. Lo tenía el taxi en el que me subí, bien temprano. La ciudad todavía oscura, no recuerdo cuándo fue la última vez que madrugué tanto, sin contar la noche esa en la que no pude dormir. Llegué apenas a la hora que era. Todos se estaban cambiando, entonces hice lo mismo. Chao blujean, hola protección para la pantorrilla, hola canilleras, hola medias, hola guayos. El profe me miró mal porque reconoció que no fui a entrenar la semana pasada. No le puse cuidado. En medio de esa oscuridad se alcanzaba a ver lo rojo de mi pierna. No es muy difícil, la desventaja de tener la piel tan blanca. Sentí algo incómodo, pero luego de patear el balón no pasó nada.

Entrené con optimismo. Paredes, relevos, centros al área. Me salió un centro bien bonito, no sé cómo le pegué. Sentí que estaba volviendo, que podía jugar de nuevo, tras quince días de inactividad. El mismo tiempo que duré alejado del gimnasio.

Llegó el momento para jugar, nos dividimos en dos equipos. En el nuestro nadie quiso meterse al arco, entonces yo lo hice. Saqué un remate al palo derecho, me estiré cuanto pude. Luego simplemente cogí el balón en un centro y caí en el costado izquierdo. La protección de la pantorrilla se corrió. Sangre. Ardor. Otra vez el calor en la pierna. Salgo de la cancha, me echo agua. Noto la pierna toda tierna, entonces me quito todo y me aplico crema. El profe se alarma, le digo que era algo de hace dos semanas, que por eso no había ido, me mira bien y dice que no debería continuar. Eso mismo pensé. Ganamos 1 a 0, pero no vi el gol.

Hay un protocolo raro al terminar los partidos. Uno se da la mano con el rival, y con la gente que no conoce. Es casi una regla de etiqueta para todo aficionado: dar las gracias por el juego. Todos me miran la pierna. Son casi las 8 de la mañana, el sol alumbra bastante, lo que hace evidente el daño. Todos preguntan si duele, obvio que sí, pero no pasa nada. Nunca pasa nada.

De vuelta a la casa entro al gimnasio. El otro profe, el que siempre ha estado desde que voy al gimnasio, me saluda en medio de la normalidad, salvo lo de la pierna. Está acostumbrado a los periodos en los que no voy a levantar pesas. El gimnasio está casi vacío. Le quito el 10% al peso que tenía programado para esa sesión, pero siento todo muy duro en la sentadilla, y todavía hoy me duelen las piernas. Quería salir a ciclovía, el domingo, pero no pude, no había con qué. Definitivamente no podía ir al campeonato: me conozco, si voy, termino jugando. Si juego me termino abriendo la herida. Se tiró una semana de cicatrización, dijo Hugo. Sí, en efecto. En una jugada cualquiera. La telita rosada que lleva una semana de nueva cubriendo la herida, ahora tiene unos puntos rojos oscuros. Vuelve a molestar. Domingo y lunes me despierto temprano, pero no salgo de la cama. Pienso en lo difícil que se volvió hacer algo que apenas hacía hace quince días. Imagínese, entonces, lo que es retomar algo que uno tenía olvidado. Todas esas pausas porque o la vida se mete, o uno se deprime, o lo deja de hacer. Y duele. Se va volviendo uno el resultado de todos esos abandonos.



lunes, 30 de enero de 2017

You Get Me High.

Debe ser el quinto, o sexto instructor que está por la tarde. Ya lo había visto antes, criticando o ayudando o metiéndose donde no importa, interrumpiendo a la gente. Creo que el único ejercicio que hacía entonces era social: estaba allí para interactuar, y poco más. Ahorita es lo mismo. Recorre el gimnasio, los cuatro pisos, preguntando a cada persona qué hace, deteniéndose especialmente en la rutina de las mujeres. Como siempre, como los demás instructores que conozco. De este, de otros gimnasios. Donde hay una mujer entrenando, están ellos, pendientes. No importa el pobre que está en la banca haciendo press con la barra peligrosamente cargada y gravitando justo por encima del cuello, o el que no tiene idea de cómo se hace una sentadilla: alguien que carga los discos más pesados, se pone la barra a la espalda, y flexiona un poco las rodillas. Igual no importa, con el sudor que llega se aprende a valorar el esfuerzo, y con este el poco reconocimiento que pueden otorgar los demás. Porque aun cuando todos esconden la mirada, están pendientes de lo que los otros hacen.

Hay protocolos que todavía no entiendo. En el improvisado vestier (siempre ha sido improvisado: dos sedes diferentes, del mismo gimnasio, pero todo sigue igual) alguien comentaba sentado el aumento del salario mínimo, claro, tema nacional luego de la noticia de la negociación que se hace siempre a final de año. El tipo decía que no iba a subir nada, que todo subía, menos el sueldo. No le faltaba razón, pero igual yo le subí a los audífonos. Las ganas de no querer existir salvo para la música que escoge el reproductor del celular. El tipo siguió hablando, pero no puse cuidado. Solo ideas que llegaban entrecortadas. Luego, en la zona donde están las máquinas, las pesas, algunos se encontraron, se saludaron, se compartieron el bocadillo, y se ayudaron con el celular, para tomar fotos y subir a facebook y a instagram. La preguntica esta que surgió como un meme, “do you even lift” se podría ampliar: “if no one else cares about it, do you even lift?”

Cuando Hugo puso una foto del gimnasio, de la rutina, en whatsapp, le dije que aprovechara ese tiempo, porque igual es un escape. Un poco de tiempo que puede tener para sí mismo, para concentrarse. Para hacer algo por uno, sin importar la motivación. El resultado es uno. La materia prima es uno. Yo lo tomo como excusa para estar solo. Cuando voy al gimnasio trato de racionar los saludos. Siempre a la recepcionista, que también es la quinta, o sexta, que he visto, pero que ya ni sé cómo se llama. Aunque de unos días para acá ya hay tres personas que me tienden la mano, o saludan a lo lejos. La ventaja de estar separado es que uno levanta la mano, o hace el movimiento ese con la cabeza, asintiendo para reconocer la existencia, o la cordialidad del otro. Sale uno rápido de eso, y sigue alzando pesas. Inmerso en la soledad del ruido metálico de las cosas cuando chocan, de la música electrónica, o el regaeton, del tipo que hace mala cara porque puso mucho peso en la prensa de piernas inclinada, o de las sonrisas mudas de la mujer de turno con el instructor.
Las mujeres no me saludan. Bueno, unas dos señoras. Las señoras también son mujeres.



jueves, 20 de junio de 2013

The Empty Page.


Sentado en el despacho del profe nuevo, Juan Carlos, trato de hablar con él cuando no hay palabras que nos acerquen, nos aproximen. Cuenta un poco de lo que ha visto en la universidad, una teoría que se queda en su cabeza y no puede elaborar más allá de una idea de lo que es ejercitarse. En medio de los dos, en el escritorio, está la hoja que representa lo que soy en el gimnasio; hay datos personales que no tienen cambio alguno, y otros que van a seguir contando irremediablemente lo que llevo allí, días acumulados que suman semanas y ya uno que otro mes. Debajo de esa hoja hay otra en la que se va a marcar la rutina para mi segundo bimestre, y es justo con esa hoja en la que Juan Carlos siente un miedo horrible cada vez que piensa planificar qué debo hacer, o cómo ejercitarme ahora que estamos ahí planeando un poco el futuro, algo por lo que le pagan a él (y estudia en su universidad, pienso) y lo poco que puedo tener bajo control en ese preciso momento.

De un cajón saca un metro y pide que me pare derecho. Toma mis medidas y las compara con las de la primera vez. Hay cierto cambio. En el cuello, los brazos, el abdomen, las piernas, he reducido hasta 6 centímetros, pero a la hora de pesarme solamente hay una disminución de apenas kilo y medio. Juan Carlos me pregunta cómo me he sentido con unos ejercicios de los que no recuerdo el nombre, y cuánto peso estoy levantando, en general, y le digo que realmente no sé, que cuadro las placas dependiendo de cómo me sienta (más que nada en términos de confianza) ignorando cuántas libras representa cada una. Nos volvemos a sentar, no sabe qué decirme, o cómo cuadrar la rutina. Me mira y sigo sin hablar, solamente respondo a lo que me pregunta. Le explico que duré dos semanas sin asistir, por pura falta de plata, y otra porque no se me dio la gana. Bueno, le digo que fueron tres semanas pero no cuáles los motivos, no creo que le importen. En la última semana me sentí un poco mejor, hasta más liviano, pero volví a ganar peso y por eso estaba ahí. Estaba ahí, sudando, sintiendo el calor en las ventanas, el trancón en la avenida, la música repetitiva y estridente de todos los gimnasios, los coqueteos de distintos hombres con las mujeres de siempre, y mi ahora faceta de gordo en pantaloneta.

Juan Carlos tiene una quemadura en la cara, los dedos cortos. Se le ven los músculos marcados, y tiene mal aliento. Antes de hablar conmigo estaba haciendo estiramientos con una mujer que se maquilla mucho y mira todo con cara de hambrienta, pero también con algo de asombro, porque tal vez para ella todo eso es nuevo y, creo, quiere dar una no tan mala impresión poniendo algo de empeño en cómo luce. Al salir de la oficina la veo en la bicicleta y veo mi reflejo. Estoy acalorado, el gimnasio está relativamente solo, afuera hace un día hermoso. Bajo al primer piso mientras me calzo los audífonos. Llego cansado, alzo unas pesas y me dedico a mis repeticiones luego de buscar una buena canción en el celular.



viernes, 10 de mayo de 2013

Missing Words.


La otra vez alguien preguntó por qué había tanta gente. Otro le respondió que era porque era viernes. Hoy es viernes, o fue, y se repitió eso. Se ha venido repitiendo. Hay gente que me hace doler el cuerpo de solo verlos. Hay ejercicios que no podría hacer nunca. Me miran con curiosidad, no tanto porque sea un bicho raro sino por otra cosa. Quién sabe qué será.

Hay un tipo que va todos los días y no descansa nada cuando está allá. Es la tercera vez que lo veo decir dos o tres cosas a cualquier mujer que tenga a la vista, y ellas (todas las que hablan con él) sonríen agradecidas. Lo siguen con la mirada, admiran sin descaro lo que hace. Al profe hoy también lo vi ya antes de que cerraran conversando con una pelada. Es morenita y juiciosa, todos andan muy pendientes de que haga las cosas bien. No volví a ver a las flacas del otro día, y la muchacha con la que compartí una máquina fue ayer, pero hoy ya no. Casi no me saludo con nadie, y eso que llevo un mes o más yendo y conviviendo de alguna manera con ellos. Pienso en eso, lo oxidado que soy o estoy para esos asuntos. El profe se demoró mucho hablando con la morena, y el otro tipo sabe qué decir, medir sus palabras para que sean efectivas. Claro que lo respalda su físico. Yo no hablo, me quedo ahí haciendo lo justo. Y no se trata de establecer contacto con el otro sexo (aunque es primordial) sino de encontrar en todos ellos alguna manera de camaradería. 

Ayer estaba una narizona que siempre va con el novio, pero fue sola. Creo que es el novio. Al tipo no lo volví a ver. Le parecí curioso a ella. Me miraba a ratos, creo que se quedaba pensando en mi manera de bregar con esas cosas. Es bonita y tiene audífonos grandes. Pero igual eso no es relevante: en un sitio en el que es importante el físico y donde hablan las miradas, estar lleno de palabras no sirve para nada.



jueves, 9 de mayo de 2013

Restless.


Hace dos días no voy. Volví sin que nadie me extrañara, lo que se está volviendo costumbre en muchos aspectos de la vida. Pero para eso tengo los otros blogs. Volví ya sin gripa pero con muchos mocos que se derritieron y salen por montones, estirándose en su color uniforme y aspecto desagradable. Me gusta la densidad que tienen los mocos, increíble que uno pueda tener eso dentro del cuerpo. Parece que nunca se van a acabar. Hay muchas más personas ahora. Elizabeth sonrió cuando le volví a pedir un Gatorade de cualquier sabor, que solamente estuviera helado. Esa fue la única condición que le pedí. Elizabeth, creo, se ríe por todo. Creo que ese es su trabajo.

El Mono hoy le dijo a otro compañero que tenía un consejo buenísimo. Luego que terminó de hacer su primera serie con la máquina de polea alta le ofreció bocadillo y una botella. Tenía que comer el bocadillo sin masticar mucho, luego tomar agua, casi sin respirar. “¿Siente cómo le llega?” le iba diciendo mientras el otro seguía las instrucciones al pie de la letra. Se miraban los brazos y asentían. Me acordé de cuando decían que los ciclistas subían la montaña con un pedazo de panela en la boca, que ese misticismo no tenía otro sustento que la creencia de estar haciendo algo que podría tener una diferencia. Un placebo, pues, algo como lo que siento yo cada que voy al gimnasio. Estos dos días han sido peores, pero hoy ya hay una calma de esas que da el cansancio. Esperar a ver cuánto dura.

Dudé mucho antes de hacer el saludo al sol al terminar la segunda ronda de cardio. La gente en las bicicletas miraban con curiosidad los movimientos que hacía, pensando que ese no era el lugar para eso. Ahora estoy resultando un gordo que hace muchas cosas sin una razón aparente, pero igual no importa tanto que entiendan o no todo ese tipo de cosas.

Ah, y no me gusta el bocadillo. A lo mejor a Elizabeth sí.



lunes, 6 de mayo de 2013

Big Empty.


Durante un rato estuve rodeado de mujeres. Dos a mi derecha, dos a mi izquierda. Todos hacíamos lo mismo pero yo sudaba más, yo duré más. Hay cosas que no entiendo: algunas de ellas tenían maquillaje, sombras en los ojos y tinte en los labios. Hay otra cosa que no entiendo: la gente escribe gym y no gim. No voy al gym, voy al gim. Y ni eso, voy y es como si no fuera. Salgo, de alguna manera, diferente, cansado y tal vez satisfecho, no por lo que vea sino por como me siento. Es un dolor bueno, un agotamiento que me da un poco de tranquilidad. Hay otra cosa que no entiendo: cuando la gente hace pesas se mira en el momento en el que el músculo se hincha, y luego al descansar se observan casi que con precisión milimétrica para medir el cambio en la zona que acaban de trabajar. Luego de eso asienten la cabeza, la aprobación de que todo eso dio fruto. Hay dos tipos de personas, los que trabajan el pecho y los que prefieren trabajar los brazos; ser anchos de espalda o tener volumen en el tronco. Cada que acaban de hacer sus rutinas con todo lo demás recuerdo un video que vi hace años y que no recuerdo por qué fue que terminé mirando. ¿Será que hay algún límite en lo que se proponen? ¿Será que no importa lo que pase, quieren verse más grandes? ¿será que quieren lucir de alguna manera en particular?

No sé si es por ser el primer gordo en un mes que va al gimnasio, pero desde la semana pasada hay más gente nueva. Mujeres que están en su semana de cardio tratando de bajar algo de peso, y barrigones que quieren disimular todo aumentando su masa muscular. En medio de todo, cuando estoy allá, sin importar la música o la compañía, o el atrevimiento que veo en algunas mujeres (atrevimiento que crece con el tamaño de los bíceps de los hombres con los que terminan hablando, iniciando algo, cualquier cosa), siento otra cosa. Me concentro más en el odio que siento por casi todo, incluido yo mismo. En lo que he leído, en lo que he visto, en lo que he pensado. Es, casi, como si manteniendo la maquinaria ocupada, pudiera pensar mejor algunas cosas. Lo difícil llega por la noche, a la hora de acostar la gordura y el dolor en todo lo que esfuerzo de a pocos. Ahora sueño muchas menos cosas. No sé si mañana, al verme en el espejo, sienta que he bajado de peso, o que luzco diferente; no hay cómo medir en cierta manera lo que ven los demás de si mismos. No sé, tampoco, si nada de eso va a dejar de ser suficiente y voy a querer algo más.
Ah, se me olvidaba. El sábado vi a un man igualito a Rambo. Creo que es igual de ancho a una nevera. Qué impresión.



sábado, 4 de mayo de 2013

Broken.


Creo que he bajado 500 gramos. Es una pena, ¿no? invertir tanto tiempo en algo que no logre nada. Hoy tomé un jugo de naranja. Me parece delicioso el jugo de naranja luego de salir del gimnasio. Estoy llorando. Nada de lo que soy vale la pena. Ni lo mejor que puedo ser llega a lograr algo. Hoy se burló de mí alguien en el gimnasio, porque no soy capaz de levantar el mismo peso que él. No me dolió, pero es apenas normal. Mucha gente se burla de mí, de lo que soy. Quiero que me cuiden ahorita. Fracasé. Pienso en la oferta de la doctora la semana pasada. Pensé en llamar a mi mejor amigo para que me acompañara a que me internaran. Ya no quiero más esto. Sin embargo, no puedo. Mi mamá se va de viaje mañana. Debo cuidar a mis sobrinos. En el mundo el orden de las cosas es que uno cuide a los niños, no al revés. O no por lo menos ahora, que no tengo tantas canas. Cuando tenga más. Debo cuidarlos. Debo sacar fuerzas de algún lado para hacerlo. Durante años lo que me ha mantenido cuerdo o vivo ha sido siempre alguien más. Ahorita debo pensar en eso. Igual nunca he pensado en mí. Sé que no voy a lograr nada por mí, ni yendo al gimnasio ni haciendo dieta, ni esforzándome. Soy un fracaso. Lo mejor que puedo hacer es cuidar de los demás. Y luego saber que nadie puede hacer lo mismo por mí. Así lo necesite.



miércoles, 1 de mayo de 2013

Gouge Away.


No me gusta madrugar pero hoy me levanté temprano y salí de la casa sin dar cuenta de mi existencia. A duras penas los perros lo notaron. Cuando llegué al gimnasio apenas dos personas estaban haciendo lo suyo y me dediqué a correr como un tonto, con la gripa acosándome, mirando el reloj que siempre le hace dar vueltas a las manecillas y que le presta a uno esa sensación de movilidad y que lo ilustra a uno tan activo en un recinto pequeñito. Cuando nos movemos todos tenemos cierto ritmo, y parecemos relojes extraños; imagino que marcamos horas distintas, de lugares que nadie se ha atrevido a conocer. Luego me puse a ver por la ventana la avenida y en cuestión de nada se fue llenando de carros y buses y camiones y se taponó todo, y fui testigo de eso, cosas que se iban apilando ante mis ojos sin que yo hiciera nada. Al rato el profe apareció, se bajó de un taxi y corrió para llegar tarde a su trabajo. No muchos lo esperábamos. No fue mucha gente hoy, y yo anoche me quedé en la casa tosiendo en mi cama, extrañando la forma esa de respirar que tiene la gente sana. Me tapé en mi cobija de cebras y escuché llover hasta que me quedé dormido. Tengo otra cobija, que es de tigres. Cobijas de tigres y cebras, lo repito para que tenga algo de sentido. ¿Lo entiende? Me causa gracia. Fui temprano esta mañana para compensar la ausencia de anoche. Sigo cansado, con la garganta en pedacitos, eso seguro ya no la puedo armar, algunos se habrán perdido entre todo lo que ha sucedido hoy. La mañana fue gris y densa; había gente jugando fútbol en el otro barrio, desde el tercer piso uno puede ver eso. También los cerros al norte, y el cielo sin edificios sino con casas que son bajitas y que no estorban. Dejan ver todo, hasta el horizonte. Es raro todo desde la ventana. Cuando volví para la casa fui un poquito feliz porque se cumplió lo que tanto anhelaba: a la salida, a unos pocos pasos del lugar, estaba un puesto de esos de venta de salpicón y jugos naturales. Pedí uno de naranja, y me lo tomé con la sed esa que da la poquita satisfacción de estar haciendo algo por uno. Llevo dos semanas tomando jugo de naranja, pero el de hoy fue el mejor.



lunes, 29 de abril de 2013

It's No Good.


Uno con gripa es menos uno. Es respirar duro, es hacer doble esfuerzo. Uno con gripa es andar con la garganta en ruinas, hecha polvo, verse la frente de un color plateado que resalta esa anormalidad, todo eso que no es uno, porque uno con gripa es una máquina que anda despacio o con cuidado sabiendo que puede fallar. Uno con gripa escucha los latidos de su corazón que pide auxilio, perezoso como es, ante la decisión inútil e idiota de no querer parar una vez se ha comenzado. Uno con gripa deja de ver bien porque el sudor se convierte en lágrimas y quema un poquito. Uno con gripa se siente como Alí contra Liston, lavando los ojos de las substancias estas que no dejan ver, para seguir en la pelea. Uno con gripa agradece más las bebidas frías, las noches serenas, la aguepanela caliente. Uno con gripa se siente un poco más solo pero no saca el celular del bolsillo para buscar compañía en el gimnasio porque para eso uno ya está pedaleando sin llegar a ningún lado. Uno con gripa se vuelve un poco sordo, y tiene que clavarse más los audífonos y subirle el volumen para escuchar bien the boom, the bip, the boom bip, y seguir respirando con ese ritmo, así arda por dentro y se vaya uno destrozando un poquito. Uno con gripa toma más agua, consume más pepas para acabar síntomas que disimulan ese mismo mal porque la gripa no se va sino que no se siente. Uno con gripa deja ver más las ojeras, muestra una descomposición que es parecida a cómo uno está por dentro. Uno con gripa es transparente, así esté gordo. Uno con gripa camina lento, casi calculando los pasos, viendo todo pasar en otra velocidad, un lag por allá dentro que nos regala una realidad distorsionada que luego se agradece un poco. Uno con gripa no piensa bien, los mocos se hacen blanditos. Uno con gripa siente más frío por la noche, lo que deriva en una melancolía que llama de alguna manera algún tipo de calor, así sea de un perro. O dos. Uno con gripa escribe mucha mierda.